LOS MISTERIOS DEL AGUA
Todo empezó en el mes de julio, cuando el agua empezó a revelarse ante mí de diferentes maneras, a lo largo y a lo ancho de mi casa. Desbordes a los que asistí con absoluto desamparo, pero también con el asombro de creer que me encontraba frente a designios ejecutados por alguien a quien no se puede alcanzar. Persigo sí, voy detrás de él, lo escurro de mi vista, pero es mucho más rápido que yo, y que cualquiera.
Me pregunto si esa es su forma de gritar, si es una reacción.
¿Por qué me mira desbordado, desencajado?
Hacé algo me dice o intuyo. No podes seguir así.
Agua a la vista.
Avanza.
Escupe.
Gotea, duerme en el piso y corrompe hasta levantarse.
Más agua.
Aquí y allá
Viene de arriba, de abajo
Aparece y otras veces se va.
El primer día que lo ví, estaba bastante dormida, con los ojos entreabiertos y el peso de un cuerpo que todavía permanecía en la cama. En realidad primero lo sentí en los pies, generándome un odio profundo hacia la humanidad. No lo había visto, después sí y el charco era como esos arroyos por donde nadie pasa. Pensé que el dispenser agotado de los vaivenes humanos, construyó ese camino para descargarse.
Qué mal humor pisar agua en medias un lunes por la mañana, la absoluta reivindicación de mi amargura, la señal menos esperada para comenzar una semana, augurio de la fatalidad y la mala suerte contagiosa. Tuve que llamar a los soderos, muchachos de simpatía veinteañera que me dejan dos bidones y dos sodas cada sábado, para pedirles que me cambiaran el aparato, les dije que funcionaba mal y hasta les mandé una foto en señal de asombro y espanto.
La segunda vez, fue al otro día que me cambiaron la heladerita.
No era ella la que lloraba silenciosa.
El agua estaba otra ahí vez, pero bajaba al ras de una pared de la cocina justo en un vértice de mi casa donde se esconden detrás de una caja de madera, todos los caños que bajan del tanque de agua y pasan por una bomba que empuja el agua hacia el interior por otras arterias y conductos que no vemos. Levanté cuidadosamente la caja, y vi como desde adentro de la pared bordeando el caño verde, el agua caía como esas lágrimas de virgen de yeso que alguna vez ví por la tele. Descendía silenciosa y transparente, brillante, parecía inofensiva; pero recordé la humedad en mis pies y el charco en el piso, e inmediatamente los pensamientos apocalípticos me devolvieron paredes rotas, martillazos al galope de plomeros, soluciones millonarias y barro, mucho barro por todos lados. Las casas en problemas parecen esos derrumbes emocionales donde todo se ve negro y confuso y nadie se imagina un futuro mejor. Pero tomé coraje, suspiré hasta el último aire y le escribí al plomero.
Mis pensamientos destructivos tenían razón, había que romper todo para encontrar el problema, pero no sería aquel día. Sino cuándo ellos podían, una semana después. Deberían ponerse de moda las guardias de plomeros a domicilio, un 0800 Plomerosya o algo parecido. Sin embargo, esta vez no hizo falta, al otro día el agua cesó su llanto. Ahora entendía menos que antes, nada había hecho yo para cambiar el rumbo de las cosas: no había cortado ninguna canilla, no se había cortado la luz que activa la bomba; pero el agua, ese día se había tomado un descanso, no había charco, ni lágrimas sueltas, la pared estaba seca. Ningún rastro de pérdida. Me sentía en una escena de película, como cuando la protagonista enumera las incontables veces que vió al malo, pero nadie le cree. Así que llamé otra vez al plomero contándole lo sucedido.
Decidimos esperar un días y ver qué pasaba, la risita escondida en su respuesta, sólo me hacía estar más alerta, más alterada. Pero yo desconocía lo que me esperaba esa misma tarde en uno de los baños de mi casa.
Agua a la vista.
Otra vez.
Ahora el arroyo había abierto un nuevo camino por debajo del inodoro. ¿Por qué este comportamiento impredecible? ¿Qué hace insistente mostrando su derrame? No puedo abrazarlo, tampoco contenerlo, sólo llamar al palo, al trapo, al balde y al secador. Así lo hice al menos tres veces al día aquel día, y los siguientes con un mal humor desesperado.
Mi casa queda en la localidad de Ingeniero Maschwitz, a unos 40 kms de la ciudad de Buenos Aires, en un barrio de quintas poblado de árboles, algunos vecinos y muchas pero muchas hormigas workaholics empecinadas en apoderarse del mundo. Tendrá unos veinte años, pero vivo en ella hace seis; puede decirse que es una casa vieja, y que a las casas les pasan cosas, que necesitan mantenimiento, que son rachas dirán otros. Que cada tanto aparece el efecto dominó que las voltea en un sin fin de problemas acarreados por el estrés habitacional.
Agua que estas cerca mío
dime que te pasa
¿Por qué te pareces al rocío?
Las lágrimas del vértice de la casa volvieron, pero esta vez con mayor caudal, el inodoro del baño siguió navegando en su arroyo; para darle más dramatismo al asunto, la bacha de la cocina detuvo el paso de agua dejando a la pileta llena sin poder correr. Los frentes se mezclaban, mi propia energía hervía por dentro hasta convertirse en sudor, no estaba sola. Una banda de música sonaba en el baño que está en mi cuarto, dándole paso al solo de gotitas del grifo de la ducha que entonaban a un pulso perfecto. La invasión acuática desató la fiebre: en una semana, mis tres hijos cayeron uno por uno en 39 grados, brotando de sus cuerpitos.
Alguien tenía que parar este vendaval. Me sentí en medio de una guerra líquida comandada por las aguas que me rodeaban. Y entonces aparecieron más preguntas:
¿Será la ebullición de mis miedos, que a veces no puedo con todo? ¿Yo misma la estaré enfermando? ¿Se sentirá angustiada por la reciente separación de sus dueños y ahora sólo quiere que yo también me vaya? Pero eso fue hace tres años.
¿Estaré enloqueciendo?
Demasiadas preguntas y una riada por delante.
Por suerte soy madre en tiempos de google y necesito encontrar respuestas, no importa cuántas, no importan cuáles. Estoy hecha de teorías y suposiciones, de acuerdos mentales para sentirme segura. Les doy vida al pronunciarlos y también al negarlos. Susurran un problema escondido en el agua que no puedo ver. Hasta ahora.
Según Nikola Tesla, el inventor de la radio: “Si quieres encontrar los secretos del Universo, piensa en términos de energía, frecuencia y vibración”. ¿Pero puede el agua modificar su estructura o comportamiento frente a las energías de su entorno?
Leonardo Da Vinci en su cuadernos de notas escribió:
El agua es el conductor de la naturaleza. (...) Es la expansión y el humor de todos los cuerpos vivos. Sin ella nada retiene su forma. Con su flujo une y aumenta los cuerpos. (…) Podría decirse que su naturaleza es tan diversa y cambiante como diferentes son los lugares por donde pasa. (…) Sin ella no podría existir nada entre nosotros.
Mi casa ya había presentado antecedentes. En octubre del año pasado había decidido alquilarla durante el verano y alojarme con mis padres en Corrientes; de esa manera podría darle fin a mi primera novela, hacer de hija y que mis hijos tuvieran a sus abuelos cerca. Para eso debía encarar algunos arreglos para dejarla en condiciones. Pero todos sabemos que una mancha de humedad, no se resuelve con pinceladas de pintura, la cosa volverá a descascararse hasta romperse, y que tampoco los agujeros de un piso pueden esconderse tras kilómetros de alfombra. Tenía un elefante en mi habitación, o más bien un campo de baches rotos en el piso del baño, el vestidor y mi cuarto. Pedacitos de agujeros abriéndose a mi andar. Era un piso relativamente nuevo. ¿Cómo podía seguir descascarándose el microcemento, si mi cuarto lo que menos tiene es alto tránsito? Algo más que yo desconocía, estaba sucediendo.
A esta casa nos mudamos cuando mi hija más chica había cumplido los dos años, en el año 2018. Era lúgubre y se veía bastante descuidada, llena de telarañas, polvo incrustado y una tristeza que te abrazaba apenas entrabas; la reconocí en el aire cuando la visitamos por primera vez. No me había parecido una buena señal, pero tenía “mucho potencial”, esa característica futurista que le gusta usar a los vendedores de casas que agonizan. En ella vivían el olor a pucho de una mujer separada, sus dos hijas adolescentes casi obesas, mucha reja de hierro oxidada y una pileta parecida al caldo verde de esas sopas instantáneas que venden en el súper. Al parecer el matrimonio había terminado muy mal, él se fue y ella hizo lo que pudo. Lo de siempre. No fue de las casas que vimos la que más me gustó, de hecho creo que fue la que menos me gustó, pero mi ex marido ya estaba cansado de que lo llevara a mirar casas de la zona, se nos iba la posibilidad de conseguir un crédito y nos quedaba muy cerca de donde alquilábamos. Varias razones que trajeron solución inmediata a la compra.
Antes de la mudanza, la reformamos durante cuatros meses, en que cambiamos ventanas, puertas, el sistema de calefacción, piso y unas cuantas latas de pintura para lavarla por dentro y por fuera. Con más razón me parecía una locura que en pocos años las grietas se convirtieran en pozos en los que todos parecíamos estar jugando al piso es lava mientras los esquivamos.
Fue entonces que decidí terminar con el juego, porque si el problema estaba en lo más profundo, en sus raíces, debía ir hasta el fondo de la historia, reparar el daño, sellar de una vez por todas las heridas que brotaban como charcos a mi paso.
Los plomeros descubrieron que el desagüe de la bañera no estaba unido al otro caño que conduce a la calle. Ese caño con litros de agua, pelos, enojos, alegrías, piojos y espuma, tenían un sólo contenedor: la tierra debajo de mi habitación. No había carpeta, no había arena, sí una laguna subterránea. A partir de ese momento, miré ese acontecimiento, como un mensaje del Universo, el que una vez más, vino a tocarme la puerta.
Si los seres humanos somos 75 % agua, no hay nada malo en pensar que el agua que nos rodea reacciona a nuestros fluidos y emociones. Es conductor de energía, limpia, sana. Inclusive existen teorías por parte de estudiosos del tema. Para el autor japonés Masaru Emoto (22 de julio de 1943 - Yokohama, Japón.17 de octubre de 2014): las emociones y las intenciones humanas podrían influir en la estructura molecular del agua. Según sus afirmaciones documentadas en el film El secreto del agua ( 2015): el agua tiene memoria. Cómo nos sentimos, cómo actuamos, cómo procesamos nuestras emociones, tendría un impacto sobre el agua de nuestro cuerpo y sobre el agua de todo el mundo. Ignoro si esto tiene algún respaldo científico, y hasta esta altura, tampoco me interesa demasiado esa comprobación.
Por supuesto existe escepticismo alrededor del tema y sus afirmaciones están consideradas como pseudocientíficas. En el documental, Emoto expone tres frascos de agua con arroz a los que les habla de manera diferente: el primero al que le envío amor y sentimientos positivos fermenta naturalmente, el segundo el que es ignorado se vuelve oscuro e intenso, mientras que el último, el que fue expuesto a sentimientos negativos se puso verde, podrido como la comida que se nos olvida en la cocina.
Por mi parte, a mi modo de ver el tema, soy de las que se aferra a la creencia popular de que si se coloca un vaso debajo de la cama, y amanece con muchas burbujas, la habitación presenta vibras negativas. Soy de las que piensa que el amor aumenta increíblemente la energía y la armonía de todo lo que nos rodea. Tampoco tengo evidencia científica para esto, pero sí la constatación empírica de que cuándo algo cambia en mis pensamientos, todo empieza a fluir diferente.
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