Fue Pablo Neruda quien en su discurso “Yo acuso”, en enero de 1948, levantó la voz diciendo: “En Chile no hay libertad de palabra, no se vive libre de temor. Centenares de hombres que luchan por que nuestra patria viva libre de miseria son perseguidos, maltratados, ofendidos y condenados”.
Cuenta la historia que días después de presentar su célebre declaración contra el gobierno de Gabriel Gonzalez Videla, el poeta se exilió emprendiendo una larga travesía por la Cordillera hacia Argentina. De nada sirvió la defensa del abogado y escritor Carlos Vicuña Fuentes (autor de La Tiranía en Chile, 1928), acusado posteriormente de opositor, antipatriota, comunista y anarquista. Era el tiempo de la Guerra Fría, de perseguidores y perseguidos, de azules y colorados, de muerte y su necesaria contracara: la vida. Ese mismo año, el 22 de julio, nacía la sobrina nieta de Vicuña, en el seno de una familia de voces disidentes, de artistas e intelectuales, una beba a la que llamaron Cecilia.
Dicen que a partir de las dieciocho semanas de vida intrauterina ya podemos escuchar lo que sucede fuera de la panza de nuestra madre. Y que incluso si quisiéramos comprender la adultez, deberíamos ir a los primeros siete años de vida. Todo está ahí.
Ese mapa, en gran parte borrado por la memoria, guarda relación sobre quienes somos y de dónde venimos. Un eco lejano llamado origen, que crece, se transforma y funda eso que llamamos identidad.
Cecilia Vicuña Ramírez, es la artista poeta, artista visual y activista feminista chilena más premiada de los últimos años. Autora de más de treinta libros de arte y poesía, su obra escrita ha sido traducida a siete lenguas. En el año 2017, recibió el Premio a la Trayectoria Pablo Neruda. En el año 2019 fue distinguida con el Premio Velázquez de Artes Plásticas en España. En abril de 2022 recibió el León de Oro a la trayectoria por parte de la 59ª Bienal de Arte de Venecia. En febrero de 2023 ingresó a la Academia de las Artes y las Letras de Estados Unidos, y ese mismo año recibió dos de los galardones más prestigiosos que otorga su país natal: el Premio Nacional de Artes Plásticas 2023, y la distinción Doctor Honoris Causa por la Universidad de Chile.
Pero como sucede con la mayoría de las mujeres que incomodan –como las hormigas dirá ella más adelante–, el reconocimiento le llegó recién a sus casi 70 años, después de que presentara su Quipu Womb en el año 2017 en la Documenta 14 en Atenas.
A partir de esa exposición, el mundo entero empezó a mirarla.
Vicuña, que tiene ascendencia indígena, por línea materna, y vasco-irlandesa, por el lado paterno, se crió en La Florida, al sur de Santiago, cuando todavía era un campo con laguna y animales.
–Mi mamá dice que incluso antes de hablar bien yo decía “estoy pintando”, lo que hacía era una especie de escritura dibujada, es como si desde el principio yo hacía una unión del arte de la poesía y del ser, a partir de ese momento seguí haciendo las dos cosas: pintura y arte. Esa sensibilidad, ese modo de tratar la tierra, ese modo de conversar con los animales y con las plantas, lo aprendí de ella.
Su madre –con la que guarda una estrecha relación y la acompaña en cada distinción–, se llama Norma Ramirez tiene 99 años, es escritora de oficio y vocación, vive en Chile y acaba de publicar su primer libro de poemas O perro o gato; fruto de las conversaciones que mantuvo en pandemia con su hija.
–Crecí en una familia de artistas y escritores, eso era lo natural y lo lógico para mí. Un universo donde las mujeres tenían chacras y además tenían taller y hacían escultura o cantaban y algunas también escribían. Todo el mundo tenía una biblioteca, mi familia era muy tribal, eran seis tíos y tías, todos vivíamos en casitas de adobe contiguas unas con las otras, con bosques y lagos. Andando a pata pelada entre caminos de tierra. Los niños teníamos una vida propia; yo exploraba por mi cuenta y sacaba mis propias conclusiones. Además las bibliotecas tenían libros de hasta cinco idiomas, entonces crecí en un mundo absolutamente ancestral, internacional y cosmopolita a la vez.
Cecilia Vicuña estudió Artes Plásticas en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Chile y ha dedicado su vida y carrera a la defensa de la Tierra, la mujer, la cosmovisión indígena y las luchas sociales. Su primera revelación sucedió en las playas de Concón en el año 1966, “cuando sentí que el mar y la luz me sentían como yo las sentía a ella: eso me cambió la vida”. Otro hito que cambiaría su percepción, fue comprender que cada palabra era “como la creación de un Big Bang”: “Entonces aprendí a entrar al universo interior de las palabras y desde ahí ver cómo las palabras son fecundas, creadoras y destructoras”.
La palabra es un hilo y el hilo es lenguaje.
La tejedora ve su fibra como la poeta su palabra.
El hilo siente la mano, como la palabra la lengua.
Hablar es hilar y el hilo teje el mundo.
(de “Palabra e Hilo”, 1996)
Vicuña habla como si cada palabra tejiera un poema, su voz es como un canto y por momentos pareciera estar hilvanando notas que componen una suave y bella melodía, otras veces varía la frecuencia y se torna más radical deconstruyendo el lenguaje: corta, divide y juega a armar palabras y versos nuevos, definiciones que borran sus límites y se vuelven armas –(palabr)armas– que iluminan, pequeños modos de generar conciencia de que lo que decimos, no puede no tener un impacto en el otro. Así nació Palabrarmás, después del Golpe militar en Chile, en 1973.
–El golpe me hizo comprender que ese universo de las palabras era la única arma permitida para la humanidad y que la única forma de liberar a la humanidad era liberar nuestra conciencia del lenguaje, es decir la forma que tú me hablas a mí yo te hablo a ti. El trato y el maltrato que se expresa en ese milagro que se llaman las palabras.
Mide 1,52 metros, lleva el pelo lacio y canoso hasta la cintura, y su sonrisa amplia y generosa, se dibuja en el rostro al expresar el universo que la habita. A simple vista parece que la niña nunca la ha abandonado, tampoco la joven ridiculizada sobreviviente del arte (cuando le preguntan sobre su pasado). Cecilia vivió durante años en la más absoluta pobreza, aplicando en becas y en la marginalidad de los artistas que trabajan al margen del establishment artístico; tejiendo redes amorosas entre artistas, poetas, activistas y curadores que sostuvieron los hilos que la artista supo tramar entre Londres, Bogotá, Argentina y Estados Unidos.
–Yo escogí mi marginalidad, porque lo interesante desde el punto de vista de la persona que crea, es que tú para ser dueña de tu propio pensar, tienes que excluirte de la dominación de las ideas que están controlando el mundo. Es un acto supremo, de rebelión sentir tu propio ser, porque eso es lo que nadie quiere que tú hagas. A mí vivir en riesgo me constituyó por completo.
El arquitecto y pintor chileno Nemesio Antúnez (1918- 1993) en un video subido a Youtube de su programa “Ojo con el arte”, una especie de primo hermano de los programas que Federico Klemm realizó en Buenos Aires en los 90, sin el glitter y la efervescencia de este último; recuerda la astucia de la artista en una anécdota de cuando la visitó en Londres en el año 1973, mientras estudiaba en el British Council, donde había sido becada.
–La vida de Cecilia en Londres era precaria, por ejemplo ella consiguió que un restaurante de comida china que quedaba en la esquina de donde vivía, le dieran las sobras al terminar el día. Entonces ella invitaba después a comer a todos los del barrio. Éramos quince artistas comiendo de una gran olla de chop suey.
El concepto de arte precario comenzó con las “basuritas” que recogía en la playa en su juventud, y que fue transformándolos en nuevos objetos cargados de significado. Fragmentos de memoria que solemos ignorar, el olvido de los distraídos y los indiferentes. La artista los rescata, los repara aunque su nueva apariencia resulte pasajera. Una especie de búsqueda infinita de creación que puede poseer un gran valor según quien lo mire.
Si la vida empieza y se termina, lo humano es precario por definición, resalta Vicuña.
En junio de 1971 llenó de hojas de árboles una sala del Museo Nacional de Bellas Artes de Santiago, en colaboración con Nemesio Antúnez, Claudio Bertoni, su madre, sus tías y amigos.
Un registro fotográfico de esa muestra con su texto mecanografiado pueden verse actualmente en el mismo Museo con la Exposición Asir la Vida, mujeres artistas en Chile 1965-1990, curada por la argentina Andrea Giunta. Además el registro fotográfico forma parte de la Colección del Museo.
Para Cecilia esa pieza, que ella desconocía que se llamase arte conceptual, fue un acto de contribución al socialismo en Chile.
(Fragmento del Diario de Otoño)
DIARIO DE OTOÑO
Otoño 1969
Mi idea número uno fue preservar las hojas de los árboles, antes de que las barrieran o quemaran, no por un afán de eternización sino como un acto descabellado. Lo que más me gustó de mi idea fue la recolección misma de las hojas que resultó una ocupación en extremo agradable y contemplativa. La lentitud de los gestos de la recolección y la falta de euforia le daban su carácter central.
Estar en la cabeza es lo más precioso que tiene el arte. Una persona que lo tiene nunca se puede sentir demasiado mal, "ve" en todas partes, percibe de otro modo y encuentra "obras" en todas partes, en los semáforos, en los dibujos del asfalto, en las manchas de las paredes y así ésta persona se sentirá constantemente impulsada a crear y sintiéndose parte de una energía mayor encontrará más gozo en todo lo que haga. políticamente ésa persona será más dada a crear y luchar por un mundo donde sus hermanas-hermanos gocen como ella. La pieza otoño quiere causar placer al público. El arte nació para jugar y aunque muchos se han olvidado está bueno que ahora se acuerden.
Mujer provocadora, de un gran sentido del humor y una inteligencia que ilumina toda su obra; las primeras pinturas de Cecilia eran abstractas, sin embargo cambió su forma, cuando se dio cuenta que tenía mucho para decir y sentía que debía crear un arte para los seres despreciados como ella. Según la artista, cuando los europeos llegaron a América, esclavizaron a los artistas indígenas, que eran en su inmensa mayoría abstractos y geométricos, y los convirtieron en pintores de virgenes. Esa revelación la llevó a tomar el pincel y pintar como lo hacían esos esclavos del siglo XVI. De esta manera puede comprenderse pinturas reconocidas como “Janis Joe” (1971), que tiene el flower power de los 70, pero también el espíritu de los códices. El óleo sobre tela, perteneciente a la colección de Eduardo Costantini, se completa con un texto de cinco páginas mecanografiado al costado del cuadro. En la explicación, Vicuña relata y retrata con absoluta honestidad el erotismo, el deseo hacia otras mujeres, la intimidad con su pareja el poeta Claudio Bertoni; cuestiona la represión que existe en torno a la homosexualidad, su “bienamada” Janis Joplin, su madre, los seres del surrealismo, los amigos, la Tribu No. Ella.
FRAGMENTO DEL TEXTO DE “JANIS JOE” (1971)
Mi primer amor fue una mujer, a los 9 años.
He pintado ésta escena amorosa en un baño, porque me gustaría que me sucediera.
Considero un crimen que a uno lo hayan educado con la idea de que el cuerpo debe reprimirse, y uno no debe acariciar, ni ser acariaciado por personas del mismo sexo de uno, y en lo posible por ninguna.
Me parece muy mal.
De modo que supongo los menores nos vengaremos de nuestros padres y abuelos creando un mundo donde todos se encariñan con todos y la homosexualidad cundirá, como entre los animales y las plantas, y así como a mí no me parece mal, sino muy natural, a los otros igual les parecerá.
Junto al baño hay una marcha del movimiento de liberación femenina. Estas mujeres desean CAMBIAR DE VIDA.
quieren toda clase de liberaciones: políticas, sexuales, etc.
Ellas esperan que se termine el cristianismo, el capitalismo, el machismo, la explotación, las guerras, todo.
Quieren vivir en la poesía.
Cincuenta años después, la historia indica que Cecilia Vicuña ha logrado vivir de la poesía, como las mujeres que habitan sus cuadros. Sin embargo, algunos derechos se asemejan a los hilos de lana con los que trabaja: tensos en cada extremo, siempre al borde de la rotura.
En mayo de 2023 presentó por primera vez su gran retrospectiva “Soñar el Agua, una retrospectiva del futuro (1964-...)", en colaboración con el Museo Nacional de Bellas Artes de Santiago, El Malba y la Pinacoteca de San Pablo. Con más de 200 obras entre pinturas, textos, serigrafías, collages, textiles, vídeos, fotografías, e instalaciones, libros-objeto, documentos y performances realizadas en distintos sitios de América y Europa, (algunos de ellos por primera vez en una sala de museo).
En la exposición del Malba, un Quipu menstrual (La sangre de los glaciares), instalado desde el techo hasta el subsuelo, de fieltro rojo, daba la sensación de ingresar a una gran ceremonia ancestral mientras uno subía las escaleras mecánicas. Una vez arriba, el primer cuadro que inauguraba la exposición –nunca antes visto en esta parte del Continente–, era nada más y nada menos que La Muerte de Salvador Allende, el cuadro que Cecilia Vicuña pintó la noche que se enteró del Golpe militar de 1973.
(Fragmento de La Muerte de Salvador Allende)
–La muerte de Salvador no me conmocionó, no me entró en el campo de la conciencia, me empezó a trabajar lenta y misteriosamente, cultivándose en mí como un germen, un microbio o una enfermedad. Ha empezado a doler varias horas después, cuando algo horrible se formó, como un desgarro. Un grito espeso y maloliente en el vientre, entonces tuve que empezar a pintar. Eran las 5 de la mañana, trabajé todo el amanecer y la mañana hasta las 3 de la tarde del 12 de septiembre.
No cabe duda que hay muertes que resuenan en nosotros como un dolor inadmisible, un duelo que sólo es posible de ser transitado si es alquimizado, un acto religioso que nada tiene ver con la Iglesia o los preceptos heredados, más bien con algo intrínseco del ser humano, algo que nos fue dado y que nace en la autoexpresión, en la escucha silenciosa, del sentir-pensar, de la individualidad.
Cecilia Vicuña pinta esa mancha roja, una especie de manta raya de sangre que se va volando, y echa humo al mismo tiempo, con gotas de sangre que en su paso y movimiento –según la artista– convertirán a Chile en un gran desierto.
Vuelve a mí aquella cita inicial en la que Pablo Neruda clamaba por la democracia y se me cruza en el medio de este texto, el documental de la BBC del año 1974, María Santiago –parte de la retrospectiva Soñar el Agua y disponible en Youtube ”–, donde se ve a una joven artista, de unos 25 años caminando por las calles de Londres. La cámara la sigue en su pequeño taller, frente a su máquina de escribir, rodeada de sus “basuritas”, sus pinturas, mientras prepara un mate, hasta que su voz paraliza a cualquiera que habite esa sala cargada de historia cuando pronuncia:
“De acuerdo a los generales, Chile es un país libre,
pero eres libres siempre y cuando no veas
no sientas, no pienses, no analices los eventos históricos que están ocurriendo.
O sea, eres libre para pintar,o para escribir lo que sea que no tenga nada que ver con la historia o los acontecimientos sociales
Eso significa que puedes hacer cualquier cosa mientras no seas política, no sea pornográfica, no sea erótica.
Eso significa que no eres libre en absoluto.
Siempre he tenido la sensación de que si viviera en un mundo de justicia y en un mundo de armonía, la política no sería necesaria.
Pero de acuerdo con mi conciencia, con mi conciencia social, siempre entendí que al menos una parte de mí trabajo tenía que ser político.
Solo porque es una cuestión de responsabilidad, es una cuestión humana.
De amor, de compasión, de fraternidad.
Así que tenía que hacerlo”.
Cecilia Vicuña, vive en Nueva York desde 1980, uno podría pensar que contradice el sentido de toda su obra, sin embargo a decir por su recorrido, no debería tener que aclararlo cada vez que se lo preguntan. Pero ella lo hace, y lo hace con la misma serenidad y orgullo de sentirse mestiza y latinoamericana. Llegó a Manhattan invitada por una Universidad norteamericana a raíz de la censura que había sufrido una performance suya en Bogotá. Primero se alojó en casa de amigos, hasta que un conocido le propuso matrimonio para que no se vaya y se fue quedando sin pensarlo demasiado. Era el tiempo de los descastados del mundo, y Chile no era un lugar seguro para volver.
–Vivo en Nueva York porque aquí pude vivir del arte y dejar de sobrevivir. Es un lugar que está lleno de gente como yo, la gente te reconoce y se forma una comunidad de seres flotantes, personas que sienten lo que tú eres. Y eso me ha pasado continuamente.
Medio siglo después de la dictadura, Vicuña cree que el régimen chileno arrasó con la cultura y la convirtió en una especie de idolatría capitalista que persiste hasta el presente. De hecho, ella es desconocida para gran parte de la sociedad. Si uno camina por las calles de Santiago y pregunta por su nombre, el adulto promedio inmediatamente repregunta por el ex de Pampita.
–En Chile existe lo que se llama el filisteísmo, una especie de desprecio por el arte, la inteligencia, la cultura y el conocimiento. Es una cultura en la que se valora el dinero y la fama, todo lo que no es nada, en cambio todo lo que sea creación, invención servicio a la humanidad no vale nada. Entonces obviamente una artista mujer que se dedica por ejemplo a las basuritas, o que se dedica a componer poemas que son de otros universos, de otros estados de conciencia, va a ser invisible, casi hormiga. Por definición todo lo que importa en este momento es invisible. Por eso nos estamos quedando sin agua, las minas valen más que el agua limpia.
Su obra visual forma parte de las colecciones del Museo Solomon R. Guggenheim, de Nueva York, Museo de Arte Moderno (MoMA) de New York, Tate Modern, en Londres, Museum of Fine Arts de Boston, Pérez Art Museum Miami, Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA) y Museo Nacional de Bellas Artes, en Santiago de Chile, entre otros.
martes, 21 de enero de 2025
EL UNIVERSO POÉTICO DE CECILIA VICUÑA
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